La escuela de la Señorita Olga.
A inicios de los 2000 me inscribí como participante en un excelente curso de derechos humanos organizado por la Red de Apoyo por la Justicia y la Paz. Entre los recursos pedagógicos utilizados, me marcó profundamente el documental “La escuela de la señorita Olga” dirigido por Mario Piazza. Fue esta experiencia la que me permitió verificar el gran impacto que puede tener el arte no solo en la generación de conocimiento sino en el desarrollo integral del ser humano y el fortalecimiento de los valores.
Entre 1935 y 1950 tuvo lugar una experiencia pedagógica extraordinaria en la Escuela Gabriel Carrasco, en Rosario, Argentina, bajo el liderazgo de las hermanas Olga y Leticia Cossettini. En el contexto de una educación rígida, las hermanas Cossettini modelaron en la escuela una propuesta donde los estudiantes eran los grandes protagonistas. El respeto a su personalidad era el eje principal, valorando su creatividad, espíritu crítico y resaltando el valor de la interacción no solo entre estudiantes sino igualmente con la comunidad. La educación estimulaba el espíritu crítico y asumir con responsabilidad el ejercicio de la libertad.
La integración era fundamental. De allí que las diferencias no llevaban a la exclusión, sirviéndose de audaces maneras de integrar, como lo fue el coro de los pájaros, bajo la guía de la maestra Leticia Cossettini.
El arte era un eje transversal que servía para reforzar las distintas áreas de conocimiento. En sus cuadernos de clase, los estudiantes tenían libertad para expresar sus aprendizajes con dibujos, poesías, historias y de cualquier forma de expresión. Tuve la oportunidad de visitar en Rosario la Escuela de la Señorita Olga y un museo donde se conservan gran parte de estos cuadernos. Fue un momento muy emotivo, porque de alguna forma me transporté en el tiempo y sentí esa hermosa energía que arropó esta experiencia educativa.
A pesar que no había derecho al voto de la mujer en Argentina, en la escuela había elecciones para asumir la dirección de una cooperativa escolar, donde podían postularse las niñas. Esta cooperativa era un espacio muy enriquecedor, que promovía igualmente el espíritu de emprendimiento de los niños.
En el documental de Mario Piazza se refleja con claridad el gran impacto de este modelo educativo, que tuvo por fuentes, entre otros a Giuseppe Lombardo Radice, Giovanni Gentile, María Montessori y John Dewey. Se entrevistaron a varios de los estudiantes de la época, quienes dieron cuenta de la incidencia de ese periodo de sus vidas. Igualmente a la maestra y artífice de la experiencia Leticia Cossettini.
Tuve la oportunidad de conocer personalmente a tres de esos estudiantes, en mi viaje a Rosario. De manera especial, agradezco a la profesora Amanda Paccotti, quien asumió como propósito de vida dar a conocer esta invalorable experiencia y nos apoyó en Caracas con una exhibición de la “valija viajera” de la Escuela de la Señorita Olga.
En la escuela, la enseñanza de los derechos humanos no fue a través del estudio de tratados y pactos internacionales en la materia, de data posterior. Fue impregnar en el ADN de los estudiantes el amor por la libertad responsable y el desarrollo de la personalidad; el respeto al otro, especialmente en sus diferencias; la apreciación del arte como instrumento creativo y de fortalecimiento del aprendizaje; el ser disruptivos con el empleo de herramientas como los teatros de títeres y el coro de pájaros y estimular la independencia mediante la orientación hacia el emprendimiento como modo de vida.
Honro a Olga y Leticia Cossettini, quienes fueron consecuentes con sus leyendas personales, marcando profundamente, para bien, la vida de centenares de niños.

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